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confesiones de una mente peligrosa

haití

Haití, Rafael Segovia
 
El más triste y desamparado de todos los países centroamericanos es un paraíso terrenal comparado con Haití. Se nos dice ahora, después del terremoto y según cifras aproximativas, con estimaciones que todo lo miden de manera aproximativa, que se cree que hubo 200 mil muertos, como podría decirse 90 mil o 400 mil. Cuando los norteamericanos pierden 15 hombres en Afganistán o siete en un país del Medio Oriente se produce, y con razón, una auténtica conmoción. Sólo las naciones en verdad civilizadas se conmueven por la desaparición de sus ciudadanos. No somos Haití pero no nos alarmamos ante las muertes que se producen por el crimen organizado; debe añadirse que compiten en cifras con los asesinatos de sus hombres, mujeres y niños, ¿verdad, señor Calderón? Esto podrá alegarlo en los países que gozarán de visita, que por los nombres adelantados por Los Pinos, ninguno alcanza ni la décima parte de “las ejecuciones” que se hacen en México, nombre inapropiado e inexacto que se usa en este país para hablar de asesinatos.
 
Cuando se habla de estas cantidades podemos pensar en una guerra de lo más cruenta, podemos pen- sar en muchas cosas siempre mal analizadas y acto seguido, pensamos en olvidar. Pero Haití, por mal que analicemos, no nos lo podemos sacar de la cabeza. Su presencia es obsesionante: los amontonamientos de cadáveres, las tumbas abiertas con palas mecánicas, las escenas de saqueos, saber que se cometen crímenes por un pedazo de pan, y más allá saber que de hecho no hay hospitales, ni tiendas, ni comida, ni nada. Sabemos, aunque parezca trivial decirlo, que no hay Estado, que no hay autoridad, ni seguridad, ni nada que garantice a los ciudadanos -no son ciudadanos- que van a vivir mañana. Saben -si es que interesa- que sus hijos no van a ir a la escuela, puesto que su única preocupación es si van a tener que comer y que ponerse sobre el cuerpo. Estarán reducidos a lo que la humanidad, con rarísimas excepciones, está reducida hace 3 mil años. Salir de esa situación no se va a lograr enviando unas toneladas de comida ni unos hospitales de campaña. No debemos, más que en un plan cínico, manifestar nuestro interés por mantenerlo. La existencia de la soberanía haitiana es un inconveniente para la supervivencia de su población. Todo el mundo reconoce la obra de Estados Unidos, cómo se ha movilizado en ayuda de un país al borde de su desaparición no por razones políticas, sino mucho más elementales: está Haití a un paso de convertirse en una entidad evanescente por hambre, por indisciplina, por barbarie y por abandono de sus élites.
 
Todo haitiano que haya accedido a un grado medio de educación -no digamos que haya sido en verdad cultivado, que los encontramos- ha buscado alguna manera de abandonar aquel infierno, incluso en condiciones desfavorables. Todo es ansiado para ellos: las organizaciones internacionales, los centros educativos, las universidades, los grupos comerciales, el periodismo, todo es bueno, con tal de salir de aquello, con lo que van a agravar el problema. No debe culpárselos, en tal situación se piensa y se busca en primer lugar la salvación individual y sólo después se imponen la nación y sus exigencias.
 
Algo ha de hacer Latinoamérica por Haití, pero ya aparecen las divisiones cuando no las oposiciones absolutas. Se ha escrito que Estados Unidos debería imponer un protectorado, una especie de supresión de la soberanía sobre la isla. Ya hay, de hecho pero no de derecho, algo parecido al protectorado. La izquierda se irrita y se opone a la idea, sin proponer algo viable, que permita vivir a los remanentes poblacionales, un protectorado de hecho donde participaran los principales países latinoamericanos que dicho sea inmediatamente no podrían mantener dentro de un nivel de vida decente durante décadas a todos los desamparados de ahora más los que vienen.
 
No hay escape. No hay más que una catástrofe inconmensurable y, aunque somos una nación separada por la historia de nuestro vecino, es un problema de honestidad reconocer la aportación de los norteamericanos, con todo y sus 30 mil marines y la ocupación del aeropuerto. Si algo podemos asegurar en este momento es que no encontraremos un grupo de más de mil personas -en un país de millones de habitantes- que se sientan y deseen ser haitianos. Su condición actual se la deben a la colonización y a la famosa trata pero aceptando incondicionalmente esto, el mal de que nos ocupamos en este momento, es el que hay que remediar como honestamente creamos, pero no metiendo las narices en un pastel.
 
http://www.reforma.com/editoriales/nacional/537/1072920/default.shtm

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